viernes, 23 de diciembre de 2016

¡¡¡¡La Virgen!!!!

    El viento arreciaba, silbaba al pasar entre la retama de la que estaban formadas las paredes del pequeño establo en el que se habían refugiado. Nadie  había querido dar cobijo a una pareja de desconocidos que llaman a la puerta a esas horas de la madrugada, ni siquiera el avanzado estado de gestación de ella, movía a la compasión. Eran tiempos duros y el miedo se anteponía a la generosidad.

    Ella estaba exhausta, algún mechón de pelo despeinado se le pegaba en la frente brillante de sudor, el parto había sido duro, duro y largo. Miraba con la mayor de las ternuras a su hijo, rodeándolo con sus brazos y lo apretaba contra su pecho para darle calor, mientras la criatura mamaba con fruición el pecho hinchado de su madre.

    Él intentaba, sin conseguirlo, encender un fuego para caldear el ambiente. El viento le complicaba la operación de una manera desesperante y estaba a punto de desistir, derrotado miró a su mujer y a su retoño.

     ¡¿Pero ni un puto fuego vas a ser capaz de encender?! – grito.
     Tranquila mujer, no te alteres, tienes que descansar.
     ¡Que no me altere!… ¡Es que no vales ni para aplaudir! Tenía que haberle hecho caso a mi madre:
   “no dejes escapar al hastati Stultus…  que sí, que vale, que no deja de ser un   jodido imperialista-esclavista, pero porque te fijas solo en lo negativo. Que un funcionario del mayor imperio conocido no es moco de pavo, que trabajo no le va a faltar, y con un poco de suerte, algún bárbaro le separa la cabeza del     cuerpo… y a cobrar religiosamente la pensión de viudedad”.

     Pero no, tenía que hacerme la romántica.
     Como eres María, sé que esto no es lo que esperabas…
     ¡Ostias!, es que, a ver quien aspira a esto, que no pido que nos alojemos en el Ritz de Nazaret. Pero por lo menos una pensión, ¡coño! , con calefacción, una camita, un poco de WI-FI, no sé… llámame exquisita.
     Paciencia, recuerda lo que te dijo Gabriel, ese niño, es el elegido, será rey.
     ¡Mira eh! No me recuerdes a ese embaucador, que en menudo embolado me metió:
          “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su
       sombra…”
     Cabrón. Pues ya me podía haber "cubierto" de otra manera, que así tendría alguna alegría que llevarme al zurrón. Que ni eso.
     No seas ordinaria, y piensa que somos afortunados. El día de hoy será recordado por siglos, nuestro hijo hará historia, será el redentor de los hombres. Tú serás recordada como la madre del Señor, seremos el asidero del mundo…

     Anda, anda. Siéntate aquí, que estoy muy cansada para discutir. Cuando el niño se duerma ya te ayudo yo a encender el fuego.