¡¡¡¡La
Virgen!!!!
El viento arreciaba, silbaba al pasar entre
la retama de la que estaban formadas las paredes del pequeño establo en el que
se habían refugiado. Nadie había querido
dar cobijo a una pareja de desconocidos que llaman a la puerta a esas horas de
la madrugada, ni siquiera el avanzado estado de gestación de ella, movía a la
compasión. Eran tiempos duros y el miedo se anteponía a la generosidad.
Ella estaba exhausta, algún mechón de pelo
despeinado se le pegaba en la frente brillante de sudor, el parto había sido
duro, duro y largo. Miraba con la mayor de las ternuras a su hijo, rodeándolo
con sus brazos y lo apretaba contra su pecho para darle calor, mientras la criatura
mamaba con fruición el pecho hinchado de su madre.
Él intentaba, sin conseguirlo, encender un
fuego para caldear el ambiente. El viento le complicaba la operación de una
manera desesperante y estaba a punto de desistir, derrotado miró a su mujer y a
su retoño.
—
¡¿Pero ni un puto fuego vas a ser capaz de encender?!
– grito.
—
Tranquila mujer, no te alteres, tienes que
descansar.
—
¡Que no me altere!… ¡Es que no vales ni para
aplaudir! Tenía que haberle hecho caso a mi madre:
“no
dejes escapar al hastati Stultus… que
sí, que vale, que no deja de ser un jodido
imperialista-esclavista, pero porque te fijas solo en lo negativo. Que un
funcionario del mayor imperio conocido no es moco de pavo, que trabajo no le va
a faltar, y con un poco de suerte, algún bárbaro le separa la cabeza del cuerpo… y a cobrar religiosamente la
pensión de viudedad”.
—
Pero no, tenía que hacerme la romántica.
—
Como eres María, sé que esto no es lo que esperabas…
—
¡Ostias!, es que, a ver quien aspira a esto, que
no pido que nos alojemos en el Ritz de Nazaret. Pero por lo menos una pensión,
¡coño! , con calefacción, una camita, un poco de WI-FI, no sé… llámame
exquisita.
—
Paciencia, recuerda lo que te dijo Gabriel, ese
niño, es el elegido, será rey.
—
¡Mira eh!
No me recuerdes a ese embaucador, que en menudo embolado me metió:
“El Espíritu Santo vendrá sobre
ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra…”
—
Cabrón.
Pues ya me podía haber "cubierto" de otra manera, que así tendría alguna alegría
que llevarme al zurrón. Que ni eso.
—
No
seas ordinaria, y piensa que somos afortunados. El día de hoy será recordado por siglos, nuestro hijo hará
historia, será el redentor de los hombres. Tú serás recordada como la madre del Señor,
seremos el asidero del mundo…
—
Anda,
anda. Siéntate aquí, que estoy muy cansada para discutir. Cuando el niño se
duerma ya te ayudo yo a encender el fuego.